Un aniversario marcado por la vulnerabilidad sistémica
Hoy se cumplen veinticinco años del fatídico día en que el terrorismo yihadista sacudió los cimientos del orden global. El recuerdo de los atentados en Nueva York, el Pentágono y los campos de Pensilvania no es solo un acto de memoria, sino un espejo de la actual precariedad de nuestra arquitectura política. La democracia liberal, lejos de haber consolidado su fortaleza, parece hoy menos preparada para resistir los envites de sus adversarios y aún menos capacitada para superarlos.
La Democracia Liberal está menos preparada para encajar los golpes de sus enemigos y lo está menos aún para superarlos. Es de largo la reflexión principal.
El espejismo del orden y el ascenso del autoritarismo
A diferencia de la ilusión que reinaba en los albores del milenio, cuando la globalización parecía un proceso imparable y la integración de potencias emergentes en el mercado mundial prometía una paz duradera, hoy nos enfrentamos a un escenario de fragmentación. La confianza en los mercados internacionales, que antaño simbolizaron las torres del World Trade Center, ha dado paso a un repliegue hacia formas más hostiles de coexistencia.
Los regímenes totalitarios e iliberales han perfeccionado las llamadas «guerras híbridas». Actualmente, el sistema liberal no solo enfrenta amenazas externas, sino una erosión interna, con sociedades polarizadas y un pacto transatlántico fracturado que ha sustituido la cooperación por el recelo.
De la confianza hegemónica a la incertidumbre estratégica
El tablero geopolítico ha cambiado drásticamente. Lo que antaño se percibía como un frente unido liderado por Washington, hoy es objeto de cuestionamiento. Mientras el liderazgo estadounidense se repliega bajo dinámicas de proteccionismo y aranceles, los aliados europeos se debaten entre la desconfianza hacia su socio atlántico y la presión de corrientes políticas internas que cuestionan los valores liberales fundacionales.
La retórica de ciertos sectores que ven a Europa como una civilización en fase terminal, infectada por nuevas políticas sociales y culturales, resuena curiosamente con la visión de potencias como Moscú. Este fenómeno, bautizado como el auge de nuevas derechas «patrióticas», plantea un desafío estructural para la estabilidad del Viejo Continente, alterando las alianzas tradicionales y dejando el terreno abonado para un futuro incierto.